• El Camarinal, magia y pesca.

    Pero, el final del camino se impone, y las costas de Tarifa reclaman por derecho propio ser telón de cierre. Las aguas de los Alemanes, del recóndito arroyo del Cañuelo y de la bella Bolonia se muestran orgullosas ante nuestra vista. Tomemos un último respiro, lo vamos a necesitar.

    Finalizado el ascenso, ante nuestra atónita mirada, aparece un concepto del Estrecho que ahora comprendemos en todo su esplendor. La belleza del Atlas marroquí y de la cercana Tánger, a tiro de piedra, nos asombra, pero…una fuerza mayor nos reclama.

    Abajo, oculto de toda mirada, el paraíso hecho mar y tierra nos espera.

    Playas de Cadiz
    Varias son las formas de llegar abajo, mal… y peor; escojamos pues la menos mala. Senda de inconformistas, la ruta de bajada no está trazada, o, ¿tal vez sí?.

    Observemos la cañada, podremos ver como, aquí y allá, pequeñísimas trazas de verde sobre blanco que, realizadas sobre la piedra viva, generan un rosario de minúsculas banderas andaluzas que nos revelan el camino correcto entre un mar de lentiscos, jaras y pinos. ¿…Quién dijo que el camino hasta el paraíso iba a ser fácil?.

    Sin aliento, embriagados a cada paso por la belleza que nos inunda, envueltos en el olor del monte bajo y tras pasar dos antiguas alambradas semi derruidas que anuncian su vinculación con Defensa, nuestros pies pisan, por fin, sus doradas arenas.

    Playas de Cadiz

    La rompiente esta tarde de septiembre es, sencillamente, perfecta. Tres olas, claramente definidas, se elevan y rompen como el cristal. Siquiera existe dilema a la hora de escoger donde plantar nuestras cañas. Todo es azul profundo y, salvo la zona rocosa limítrofe con el Camarinal, estamos en limpio.

    A lo lejos, el corte perfecto del acantilado del cabo, mengua la fuerza del Estrecho y nuestros pies se apoyan en una arena dura, firme y consistente, que nos permite lanzar cómodamente. Los sueños, solo a veces, se hacen realidad.

    La pesca en el Cañuelo es del todo impredecible. Hasta tal extremo que unos gustan de hilos gruesos, sabedores que el dentón, el pargo y el limón rondan de continuo desde el Camarinal a Gracia; otros, gustan más “del fino" para robar el último metro buscando tentar a la señora, la gran dorada estival, aún a sabiendas que, en cualquier momento, veremos qué pocos son, realmente, trescientos metros cuando se tiene al otro lado una pieza “de verdad”.

    Todo cabe en este lugar mágico donde sargos de la cercana piedra, lenguados nacidos de su blanco fondo, cansinos bolos de besugos, chovas impenitentes cortadoras de líneas, pargos, bocinegros y viejos robalos perdidos de las entrañas del Estrecho, oscuros borriquetes y escurridizas doradas se mezclan recordándonos como fue la pesca no hace tanto tiempo.

    Robalo

    Sea como fuere, algo único vendrá con nosotros cuando subamos de nuevo su cuesta y, algo nuestro quedara aquí, para siempre.

    Volvamos atrás la mirada una última vez cuando, arriba, el sol nos salude en el milagro del nuevo día. Nuestra querida mochila implora descanso pero sabe bien que nuestra ruta aún no acabo. La ensenada de Bolonia y su aldea despedirán camino. Un lugar donde las eternas dunas de la media luna - las barjanas – y las rocas del Camarinal crearon una joya viva de la antigüedad, la autentica perla del paraíso.

    Bolonia. El lentiscal,  final de trayecto.

    Fuera de aquella que fue nuestra hoja de ruta inicial. Lejos de la baliza final del Faro de Gracia; consciente de esfuerzo extra que supone para todos.

    Playa de Cadiz

    Sencillamente,  me niego a dejaros sin el esbozo de este último rincón que recorremos juntos mientras, sentado en la arena de su ensenada, mantengo secreta esperanza de que tú, cómplice de este viaje, continúes por mí la siguiente ruta.

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  • Por la carretera general de Cádiz a Málaga pasado el cruce de Facínas en dirección a Tarifa, a la altura del Km 70, un desvío nos conduce por más de ocho kilómetros de dehesa hasta la ensenada mágica de Bolonia y a su poblado, el Lentiscal.

    La primera impresión de todo el que pisa este sendero es la de volver de inmediato al pasado.

    Nuestros ojos, incrédulos, no salen de su asombro al ver como, en todo su esplendor y belleza, una impresionante ciudad romana se mezcla sin tapujos con el propio poblado que, con sus humildes casas, nos dan una vez más cobijo sin recelo.

    Playas de Cadiz

    Este juego inaudito de lo magnífico y lo sencillo, capricho entre lo humano y lo divino, será la pauta permanente que nos acompañe en este rincón de Cádiz capaz de escenas y vivencias imborrables. Un enclave único donde la perla del paraíso, la magnifica y próspera ciudad romana del III a. C. Baelo-Claudia, dueña de la más prestigiosa industria de la salazón y punto neurálgico del comercio con el norte de África del antiguo Imperio se une, en ligazón singular, a la belleza de sus olas transparentes, a las suaves laderas de sus montañas y al ameno día a día de sus habitantes, siempre amigos de recibirnos como uno más.

    Volviendo a lo que nos trae tan al sur de aquel primer lugar donde cogimos nuestra mochila, un par de consejos. Evitemos tocarla con fuertes vientos de Poniente y Levante, su orientación y la impresionante Duna de Ancón, con sus más de treinta metros de altura a los límites del Parque Natural del Estrecho, nos confirma su gran exposición al viento del este. Por último, si la ocasión es propicia, busquemos tentar a sus especies durante la noche.

    El día será esplendida excusa para visitar las ruinas de sus templos, poder charlar con los viejos pescadores de la zona capaces de mostrarnos marcas, lugares y referencias siempre renovadas dando muestras, una vez más, del espíritu de amabilidad que impregna la zona.

    Playa de Cadiz

    Pero, si nuestra afición no nos deja pensar más que en pesca, si sufrimos por los minutos perdidos, vamos allá. Su finísima arena y su azul fondo nos esperan.

    Capaz de colmar al más exigente, diversos son los escenarios a escoger. Desde la misma playa de la ensenada donde doradas, sargos, robalos y lenguados esperan la potencia del lance largo y profundo; los pies de los arrecifes del acantilado de la vecina Camarinal, cuyas rocas una vez sirvieron para construir la antigua Baelum y, hoy, se convierten en cita obligada de negros sargos y poderosos pargos prestos a poner a prueba nuestros materiales gracias a la emoción asegurada que proporciona la cercanía de la roca y, si nuestras ansias van mas allá, aún quedan las maravillas del mixto en dirección a Paloma, donde viejos borriquetes e  incluso, palometones y grandes chovas colmarán nuestras inquietudes.

    El cebado en estas aguas, tan variado como sus fondos. Norte, americano, catalana y tita para el limpio, exquisitos bocados para doradas, sargos, lenguados y borriquetes; pulpo - siempre que sea comprado fresco de la zona- para tentar a los grandes espáridos y robalos que deambulan sus rocas y, por supuesto, el vivo pescado momentos antes a fin de saciar el apetito de los grandes cazadores y nuestras ansias de sentir de nuevo al “gran pez” desde el otro lado del azul.

    Rodaballo.

    Pero, sea cual fuere nuestra elección, la añoranza de volver a pescar bajo el fondo de las “ruinas viejas”, en el cortado del Camarinal, en la riqueza del mixto de "los baños de Claudio”, bajo el Chorrito de la Teja o sigamos ruta hasta las isletas de Punta Paloma, nuestra mochila llevará en su interior granos de la arena de una de las últimas joyas de Cádiz.


    Mucho hemos andado juntos desde que propuse esta locura a mis compañeros de correrías. Mucho se han desgastado nuestras botas en esta ruta por el paraíso compartiendo juntos instantes que nos han unido a la mágica salada claridad de esta tierra universal. Pero, al fin sé que, nuestra mochila, rebosa plena de Cádiz.

    Playas de Cadiz
    El sueño de un loco se ha hecho realidad con tu complicidad. Cádiz llena nuestras mochilas y nuestros ojos han sido bendecidos para siempre por la salada claridad del poeta.